He amado muchas cosas en mi vida que no tenían ningún significado personal para mí; todo porque amé lo que ellos amaban… porque yo los amaba a ellos.

Lo escucho todo el tiempo. Lo he experimentado. Tú también lo has hecho: haz amado lo que ellos aman porque tú los amas. ¿Has visto alguna vez a un adulto asistir al funeral de un conejo? ¿Amaba tanto al conejo mascota el adulto que tuvo que superar su dolor y buscar un proceso de cierre? No. El padre promedio preferiría haberse comido el conejo (antes de que se enfermara), pero cuando su hijita llegó a amar al conejo, papá amó lo que amaba su amorcito. Para poder llorar con ella, no tuvo que sentir pena por el conejo muerto, pero sintió la pena que sintió su hija. Amor es amar lo que ellos aman.

He amado muchas cosas en mi vida que no tenían ningún significado personal para mí. Me han encantado dibujos garabateados, pinturas feas, vestidos cosidos chuecos, pastel quemado, pan que nunca subió, pudín agrio, galletas saladas, días en el parque, trampolines, picnics, caminatas, vacaciones donde dormí en el suelo, viajes aburridos en canoa, arroyos lentos, helados baratos y perritos calientes, etc. Me he reído de chistes que no eran chistosos porque mi niño fue el primero en entenderlos. He elogiado poemas que no rimaban, escuché recitales de música que hacían que el perro saliera de la casa por tres días; todo porque amé lo que ellos amaban… porque los amaba a ellos.

He escuchado a mi esposa hablar de cosas que leyó en una revista que yo había ignorado, (pero ella no lo sabía) hasta que vi que le interesó a ella. A través de los años mi esposa ha ido a mi taller a ver mi último invento, algo que sé que ella consideraba una pérdida de tiempo, pero sus ojos mostraron deleite por lo que me deleitaba a mí y amó lo que yo amé aunque fue algo pasajero. Las cosas pasan. No importarán mañana ni en la eternidad, pero ella me importa, yo le importo a ella y mis hijos me importan ahora y en la eternidad. Así que amamos. Nos amamos los dos. Amamos lo que ama el otro. Todos en comunión amamos mucho más de lo que hubiéramos disfrutado solos al perseguir nuestros propios intereses aburridos. La vida ha sido más variada y mucho más interesante por haber amado.

El amor da un valor inflado a las cosas, a lugares, a momentos, a recuerdos. Aunado con el amor, lo ordinario se vuelve especial, real, incluso santo. El mayor placer se encuentra a menudo en cosas simples cuando las hacemos con alguien.

El amor convierte el fracaso en compasión, el desánimo en una nueva visión, los errores estúpidos en sabiduría y el pecado en redención. El amor cubre una multitud de pecados. El mundo puede quitarnos nuestras posesiones, nuestra ocupación, nuestra salud y finalmente, nuestra respiración, pero no puede tocar nuestro amor. Una vez que el amor se planta en el corazón de otra persona, tiene vida eterna. Los tesoros del mundo perecerán, pero el amor dado a otro, especialmente a nuestros hijos, es un tesoro guardado en el cielo.

Almacenas el amor cuando lo regalas. Mientras más des, más recibirás. El amor nunca es justo. Siempre es desigual. El amor es más hermoso cuando lo siembras en tierra estéril y lo ves multiplicarse hasta que se te devuelve al ciento por uno. Debe darse cuando aun no se ha ganado, compartirse cuando se rechaza y se debe perseverar cuando no hay una razón terrenal; si lo has hecho, entonces puedes decir que has amado.

La forma que lo recuerdan

Si no se les impide, los niños aman muchas cosas. Todos los días y casi cada hora hay algo nuevo y emocionante ante ellos, algo que nunca han “visto” antes. “¿De dónde vino? ¿Quién lo hizo? ¿Cómo funciona? ¿Puedo hacerlo?” Los adultos lo hemos visto todo y lo hemos resuelto todo, nada nuevo bajo el sol, pero no es así para los niños. Casi todo es nuevo y emocionante. Me sorprende cuando mis hijos me cuentan algunas de las cosas que recuerdan de su juventud. Quedaron muy impresionados con las cosas simples de las que casi ni me di cuenta. Recuerdan una canoa volcada (en un pie de agua). Recuerdan un bicho que atrapamos y lo pusimos en un frasco. Recuerdan quedarnos sin gasolina y tener que caminar a una gasolinera. Recuerdan a un anciano que conocimos, un viaje de campamento y la serpiente que vimos. Recuerdan un libro, una canción, un poema. Recuerdan sentarse en mi regazo y conducir el camión, su primera bicicleta, la carreta que hicimos, la plastilina que se comieron y así sucesivamente. Quienes son hoy es una combinación de todas esas experiencias. A partir de ese depósito de recuerdos de “amor” formulan cómo quieren relacionarse con sus hijos en el presente.

No es sentimentalismo

No me malinterpreten, este amor del que hablo no es sentimentalismo. No es una emoción cursi. Todos conocemos familias donde los padres no son firmes y autoritarios porque temen que los niños no se sientan amados o que se sientan lastimados emocionalmente si les imponen límites. Piensan que el amor incierto tomará el lugar de la disciplina. Tienden a evitar todas las formas de restricción y castigo por temor a perder el afecto del niño. Eso no es amor, es debilidad e inseguridad. Los niños criados bajo la bandera del amor permisivo se volverán inestables emocionalmente. Amor es cuando te preocupas más por el bienestar del niño que por tus sentimientos o tus expectativas. Eso significa proporcionar un equilibrio de enseñanza sólida, límites firmes, supervisión minuciosa, castigo cuando sea necesario y compañerismo de tiempo completo en todas sus actividades creativas.

Los pies del amor

Conozco el amor tanto por la alegría y el dolor de haber amado y haber sido amado, como también por la pérdida de no haberlo hecho. Habiendo estado a ambos lados del amor y después de haber revisado las experiencias de muchos otros, estoy empezando a aprender lo suficiente como para escribir sobre ello.

Sé que como padre quieres amar a tus hijos. Sé que te importan mucho, pero todos somos seres muy complejos con muchos impulsos y deseos. A veces ponemos nuestras propias necesidades antes que a los niños. Un corazón dispuesto pero sin sabiduría no puede ser capaz de atravesar todos los sentimientos conflictivos y tomar decisiones correctas. La vida se mueve demasiado rápido. Las oportunidades van y vienen sin darnos tiempo para evaluar las opciones y actuar en base a nuestros principios. Con demasiada frecuencia fallamos en expresar adecuadamente el amor que sabemos que tenemos. El amor muere cuando no es compartido. Así que voy a profundizar en algunos de los aspectos prácticos del amor, algunos que pueden indicar dónde has estado fallando. Puede doler, pero dolerá solo porque valoras lo que no has podido hacer. El verdadero amor hará que te levantes y pongas nuevos pies a tu amor.

La indiferencia

Los padres que no piensan obviamente tienen serios problemas en el hogar y han perdido su sensibilidad a esos problemas y al leer esto se defenderán diciendo: “¡Pero, por supuesto que amo a mis hijos!” Realmente creen que sí los aman porque piensan que si no amaran a sus hijos los odiarían y por supuesto, están seguros de que no odian a su propia sangre. Saben que “quiero lo que es bueno para mis hijos” y están “tratando de criarlos correctamente”, ¿no es eso amor? Entre el amor puro y el odio hay un gran terreno neutral gobernado por un enemigo más sutil que el odio, pero igual de mortal: la indiferencia. El odio es como un perro ladrando, no se puede ignorar; pero la indiferencia es como las termitas que corroen silenciosamente.

Amor es amar lo que ellos aman. La indiferencia no presta atención a lo que aman. Una niña garabatea en un pedazo de papel y luego interrumpe nuestra lectura para compartir su entusiasmo por su creación artística. De alguna manera nuestra indiferencia no se da cuenta de que está emocionada. La indiferencia no comparte su amor por el momento; la indiferencia simplemente la ignora por asuntos más importantes: “No me molestes. ¿No ves que estoy ocupada? Ve a tu habitación y dibuja y no dejes tus crayones en el piso”.

La niña está tan decepciona como lo estarías tú si invitaras a tu esposa a salir a ver lo bien que cortaste el césped y ella dijera: “Ahorita estoy ocupada con mi libro; qué bueno que finalmente hayas decidido cortar el césped. Si le dedicaras más tiempo, no se vería tan mal”. Estabas encantado con el resultado de tus esfuerzos. Te encantó tu logro y solo querías compartir tu emoción con alguien que amas. Al hacerlo compartirías de ti mismo pero a ella no le importó. Si ella realmente te amaba, ¿por qué no amó lo que tú amabas? ¡Por indiferencia, no hacia el césped, sino que hacia ti! No pudo ver tu emoción, no le importó que estuvieras contentísimo, no pudo ver tu vulnerabilidad al querer compartir el momento con ella. No te amó. Se portó indiferente, estaba absorta en sí misma. Los niños que se dejan de lado por indiferencia se sienten tan heridos como los adultos y se lastiman con mucha más facilidad y frecuencia.

Deb la que sí ama

He visto a mi preciosa esposa pasar su vida amando lo que los niños amaban. Te preguntarás: “¿Pero qué pasa si mis hijos no hacen nada que valga la pena amar?” Cuando había un momento vacío y prevalecía el aburrimiento, Deb estimulaba su imaginación con algún proyecto nuevo causando así que amaran algo. A ella le encantaba, así que a ellos les encantaba también. Les encantaba la plastilina del tipo casero comestible. Les encantaba leer. Cuando a algunos no les gustaba leer, ella nunca se impacientaba ni criticaba, sino que encontraba alguna manera de hacer que les encantara. Cuando el estudio de las matemáticas era una necesidad, no presionaba, sino que encontraba la manera de hacer que las matemáticas fueran divertidas.

Cuando Deb se sentaba a la máquina de coser para hacer un vestido les daba a las niñas tela para cortar y coser. Algunas de sus primeras creaciones no se podían usar fuera de la casa, pero siempre estaban orgullosas de todo lo que hacían. Deb es una excelente costurera, pero tuvo sabiduría al no imponerles normas muy altas a las chicas. No hacía tediosos los momentos de costura. Nunca encontró fallas en lo que hacían y nunca las hizo rehacer algo. Deb usaba un patrón, pero dejaba a las chicas hacer lo que quisieran con la tela sobrante. Con el tiempo se convirtieron en muy buenas costureras y han transmitido su amor por la costura a los demás.

Mientras mis hijas aprendían a coser y amaban cada momento, conocía a amigas que intentaban enseñar a sus hijas a coser, pero debido a la ansiedad de la madre, las chicas odiaban la costura. La madre era una buena costurera y esperaba que sus hijas cosieran bien. Las hizo hacer todo con patrón, y debían hacerlo bien. Las niñas no la pudieron complacer con sus primeros intentos y como no encontraron elogios ni alegría en el esfuerzo, nunca quisieron volver a intentarlo. La madre falló en concentrarse más en la alegría por coser de las niñas que por el producto terminado. No amó lo que ellas amaban. Amó un objetivo distante de excelencia, o sea, su propio objetivo.

Es aceptable que un adulto trabaje sin recompensa o satisfacción durante días o incluso años anticipando una meta distante, pero para un niño un día, incluso una hora sin éxito y elogios es mucho tiempo. A diferencia del adulto, los niños no pueden disfrutar una esperanza diferida. Cada momento debe estar lleno de éxito, amor y paz. Los padres deben aprender a amar lo que son sus hijos, no lo que quieren que sean. Ama sus esfuerzos hoy, no su excelencia en el mañana. Ámalos por amar el esfuerzo y nunca se cansarán de intentar. Retén tu amor y tus elogios para recompensar una actuación futura perfecta y los verá convertirse en perfeccionistas infelices y tal vez incluso en derrotistas. Peor aún, es posible que te excluyan y encuentren sus propias formas satisfactorias de amor en otro lugar.

¿Qué nos motiva?

El amor nos obliga a proporcionar lo mejor para nuestros hijos; queremos que destaquen y obtengan una buena educación porque creemos que podrá mejorar sus vidas. Queremos que aprendan a trabajar duro, a ser disciplinados y honestos, a que hagan bien todo porque creemos que es bueno para ellos. Pero el amor no es el único factor que nos motiva a desear su excelencia. Nuestro orgullo, ambición, celos, avaricia, miedo y muchos otros deseos humanos bajos nos hacen presionarlos para que tengan éxito.

La madre dice: “¿Qué quieres decir con que no sabes cómo escribir tu nombre? ¿Qué diría tu abuela? Ella podía deletrear cada palabra en el diccionario a la edad de seis años”. La madre se siente justificada en su irritación por exigir algo que es bueno para su hija, pero ¿por qué lo exige? ¿Es realmente por el bien de la niña o por su propio orgullo vano? ¿Acaso sus palabras y su tono no revelan que ella ha permitido que otro celo desplace su amor por la niña? ¿La niña siente que la ama? ¿Le creería que sus exigencias están motivadas por amor?

¿Qué estás perfeccionando?

A muchos padres les urge exigir habitaciones limpias y tareas terminadas pero disfrutan muy poco de las cosas simples que deleitan al niño. A medida que los guiamos a través de las responsabilidades crecientes de la vida debemos preocuparnos más por la alegría del niño en una cosa que por la cosa misma. Muchas madres le quitan la alegría de trabajar al niño y juegan con su necesidad propia de que el niño produzca un producto terminado perfecto. Muchos papás amargan la alegría de las vacaciones familiares al exigir que el niño nade correctamente o que practique esquí acuático, por ejemplo, de la manera correcta. Cuando tu objetivo se convierte en tu necesidad de un rendimiento o producto adecuado, entonces has dejado de amar al niño y has comenzado a amar tu propio ego. Nuestro objetivo no debe ser un producto perfecto sino que inculcar amor por aprender en el niño, por hacer, y por la alegría de crear algo con sus propias manos.

Una madre que se mantiene ocupada manteniendo la casa impecable y que no se da tiempo para involucrar a las niñas les está perjudicando y está perdiendo la oportunidad de “cultivar” un poco de amor. Un papá que está ocupado trabajando en su camioneta que no se da tiempo para explicarle a su hijo lo que está haciendo y brindarle la oportunidad de participar de manera significativa no está compartiendo con su hijo, no le está enseñando a amar algo o a alguien, no le está dando placer y no está disfrutando a su hijo. Una madre que prepara los alimentos y que no se toma el tiempo para involucrar a su pequeña en revolver la
masa está perdiendo oportunidades increíbles para hacer que el amor y la creatividad crezcan y florezcan. Un padre que está trabajando en la computadora terminando la construcción de un sitio web familiar que no tiene tiempo para sentar a sus pequeños en su regazo y mostrarles cómo dibujar una cara en la pantalla, aún no ha perfeccionado esta cosa maravillosa llamada amor.

Resumiendo el principio

Después de haber trabajado en escribir este artículo durante varios días, estaba en mi taller trabajando en un proyecto muy emocionante. Estoy construyendo una sierra de banda. Uno de los muchachos rusos me había interrumpido varias veces pidiendo que le cortara algunas tablas en la sierra de brazo radial grande. Regresó en diferentes ocasiones buscando bisagras, tornillos, un cerrojo, etc. Después de un rato, al pasar yo por el taller de carpintería para buscar una herramienta, levantó su producto terminado y dijo: “Mira, Big Papa”. Se le podía ver en la cara su deleite por lo que había creado. Absorto en mi búsqueda por encontrar la herramienta miré la caja que había hecho y le dije: “Sí, está bonita” y seguí caminando. Cuando llegué a la esquina, todavía tenía en mi mente la imagen de su rostro radiante sosteniendo la caja, cuando de repente recordé lo que acababa de escribirles a ustedes los lectores de este artículo. Dejé lo que estaba haciendo y corrí de regreso a donde él estaba, tratando de llegar allí antes de que la sonrisa se desvaneciera y su entusiasmo se convirtiera en decepción. Tomé la caja en mi mano y le di vueltas para examinar las grietas de no más de un cuarto de pulgada en las costuras y la bisagra colocada justo en medio de la tapa e hice alarde de la fina caja que había construido. Será ideal para almacenar ranas secas, pieles de serpiente, puntas de flecha, balas gastadas, cuchillos rotos y otros tesoros acumulados por un niño de doce años. Y si él es como mis muchachos, entonces cuando se case aun tendrá esa caja con sus artefactos guardados allí. La guardará en un estante en algún lugar y la encontrará cuando sus hijos le estén ayudando a limpiar cosas viejas. Revisará cada una de las cosas y les contará a sus hijos la historia de cada una de ellas. Los niños observarán con asombro todas las reliquias antiguas y les aseguro que se sentirán privilegiados por tener un papá que ha viajado tanto y ha hecho tantas cosas emocionantes.

Después de diez años, cuando ese chico ruso vea esa caja, ¿cómo me recordará? ¿Con placer o con desilusión? Si expresé amor por lo que él amaba, su amor habrá alcanzado un mayor nivel y lo compartirá con sus hijos. Pero si no amé lo que él amaba y si se sintió solo y despreciado en lo que disfrutó tanto ese día, ese podrá ser el espíritu modelo que llevará consigo y usará para criar a sus hijos. Después de unos años tomará su caja vieja y se sentirá un poco triste de que nadie
lo entendió, de que a nadie le importó. La volverá a colocar en el estante deseando y recordando tristemente.

No quiero decir que si yo no hubiera disfrutado de su trabajo ese día le habría arruinado su vida. Los niños pueden absorber una cantidad considerable de nuestras inconsistencias y no ser dañados permanentemente. Pero el tenor general de nuestras actitudes y la acumulación de todas nuestras respuestas es lo que moldea el alma del niño.

Entrenar a un niño es mucho más que amar lo que él ama, pero si falta este elemento crítico, prácticamente nada irá bien. Tengo pocos buenos amigos, son solo unos cuantos, pero aquellos a quienes designaría como tales, son personas interesadas en lo que me interesa a mí. Si estoy emocionado por algo, ellos también lo están. Si algo me encanta, inmediatamente piensan que es algo valioso. Mis mejores amigos siempre están interesados. Nunca están ocupados ni se muestran indiferentes. Les confío mi reputación, mi dinero, mi familia y el conocimiento personal mío. Aman lo que yo amo. Ellos me aman. Si quieres que tu hijo sea tu mejor amigo cuando crezca, debes amar lo que él ama cuando tiene tres años y cuando tiene trece. Es lo que hace girar al mundo y hace que los niños vuelvan y llamen bienaventurados a sus padres.