Por Karen Sargent

Cuando era niña, la mayoría de los ejemplos de matrimonios buenos en mi vida (mis padres, mis abuelos, un tío y una tía cercanos) eran de mujeres casadas con hombres Estables. Así que naturalmente me imaginé que así sería el mío. Pero en ese entonces no entendíamos los tres tipos de hombres, así que no sabía lo que me esperaba cuando me casé con un Visionario clásico.

Ben y yo nos conocimos en la noche de un miércoles en una reunión de oración en el sótano de la casa de una familia. Estas reuniones eran bastante informales con unas alabanzas y luego la oportunidad para que cualquiera compartiera la Palabra seguida de oración. Como no sufría de timidez, tan pronto como terminó la alabanza, Ben se levantó, plantó un pie sobre la mesa del café y con su (enorme) Biblia sobre sus rodillas, comenzó un mensaje apasionado sobre ser un pueblo adquirido por Dios. Pude ver que era algo natural para él, pero yo estaba fascinada por no haber escuchado antes a un joven predicar con tanta autoridad. Cuando terminó la reunión me presenté a Ben y él me impresionó al olvidar su nombre (historia real). Abrió su Biblia y lo encontró allí.

“Ben. Me llamo Ben”.

Después de un momento muy incómodo (durante el cual ahora sé que Ben estaba tratando desesperadamente de hallar cómo hablar con una chica), dijo: “Déjame decirte lo que Dios me mostró hoy” y abrió su Biblia. Escuché con los ojos muy abiertos sin saber qué pensar de este hombre, pero aún cautivada por alguien que enseñaba las Escrituras con tal autoridad. (Sé que sigo repitiendo lo mismo, pero vengo del noreste donde había muy poca influencia bíblica en las décadas de los1970s y los1980s. La mayor parte de los cristianos de mi edad tenían muy poco fundamento). En algún momento acordamos ir a un restaurante local para que pudiera continuar compartiendo lo que Dios le había enseñado. Esa noche pasamos unas cuantas horas en el restaurante, él enseñando y yo aprendiendo todo lo que siempre cualquier persona hubiera querido saber sobre Romanos 6. Estaba fascinada. Encantada. Supe de inmediato que había algo muy diferente en este joven y por extraño que pensara que era, me sentí atraída por él, no de una manera romántica, sino de una manera de “Necesito aprender más de este tipo de autoridad”.

A los 21 años Ben era un hombre cabal, estaba en la Marina, tenía un plan para su vida y estaba ocupado sirviendo a Dios, lo cual era considerado una novedad cristiana en la parte de donde yo vengo. Después de graduarme de la universidad y cuando él terminó su período de servicio en la Marina nos casamos y comenzamos nuestra vida juntos en Asheville, Carolina del Norte. Cuando nos mudamos por primera vez, solo tres meses después, debí haber sabido el tipo de vida que me esperaba. En los primeros 30 años de nuestro matrimonio tuvimos cinco hijos y los educamos en el hogar, pasamos casi 19 años en la Marina, once como contratista de defensa y nos mudamos no menos de 17 veces. Además de los trabajos regulares de Ben a lo largo de los años, desmantelamos y remodelamos casas por completo, pintamos interiores y exteriores, cortamos árboles de las granjas de personas afectadas por los huracanes, cambiamos motores nuevos en cuatro vehículos y reparamos muchos otros, convertimos un refugio antiaéreo en una casa, comenzamos dos negocios de corte de césped e instalamos varios techos. En un momento dado tuvimos entre cinco y siete vehículos y todos ellos necesitaban reparación. Una vez derribamos la parte trasera de nuestra casa (durante una tormenta eléctrica porque eso es lo que hace un VISIONARIO) y la reconstruimos  y configuramos por completo. Cuando llegaban los días de fiesta importantes siempre nos preguntábamos qué gran proyecto haríamos: quitar toda la alfombra el día de la Navidad, reconstruir la terraza el mismo día que vendrían a comer una carne asada 60 personas de nuestra clase de escuela dominical, etc. Mis hijos, tanto los muchachos como las muchachas saben de demolición, plomería, instalación eléctrica, estructura, saben poner techos, pintar casas, poner azulejos y reparar automóviles. Pueden instalar ventanas y reemplazar calentadores de agua. Todos ellos pueden cortar leña con un hacha y una de mis hijas recientemente reparó un camión que no arrancaba mientras sus amigos la miraban con los brazos cruzados. Este tipo de vida loca tiene sus beneficios, es decir, que mis hijos están preparados para casi cualquier cosa.

A lo largo de los años nuestra vida fue rica en experiencias que incluyeron acampar en tiendas de campaña (literalmente llovía cada vez que íbamos. Era tan predecible que una vez un amigo nos ofreció $20 si nos quedábamos en casa); plantar un bosque de pinos (¿para qué?); pescar trucha de cabeza de acero en el estado de Washington; empezamos una banda familiar de bluegrass de muy corta duración; vivimos en un tráiler a solo 14 metros de las vías del ferrocarril y exactamente al final de una pista de aterrizaje donde los aviones de carga C-5 despegaban toda la noche; tuvimos seis perros, algunos peces y una tortuga de tres patas; también un barco velero que nunca vio el agua e hicimos un viaje a Disneylandia repletos de piojos. Cada año plantábamos una hortaliza ocho veces más grande de lo que necesitaba nuestra familia y luego nos pasábamos el resto del verano llevando a la iglesia canastas de ropa llenas de verduras frescas para regalar. Todo lo que hicimos fue más grande y más “emocionante” de lo necesario. Era agotador. Luego llegó el día en que el último de nuestros hijos se graduó de la universidad y Ben y yo sufrimos del síndrome del nido vacío. Finalmente había llegado el momento de relajarnos. Habíamos acabado la carrera, habíamos llegado a nuestra meta. Solté un suspiro de alivio y pensé que había llegado el momento de la buena vida.

No.

Ben tenía un plan.

Una cosa que deben saber sobre los Visionarios es que nunca se quedan sin ideas. Este plan era un desastre y no tenía más hijos que me ayudaran. Ben decidió que íbamos a regresar a Asheville, compraríamos una granja y criaríamos ganado. Usaríamos las “ganancias” para financiar a misioneros. Permítanme recordarles que nuestra experiencia con animales se limitó a seis perros (cuatro de los cuales murieron prematuramente), algunos peces y una tortuga lisiada. No sabíamos nada de mamíferos grandes, especialmente aquellos que serían fuente de alimento. Estaba petrificada. Pero después de 30 años de matrimonio aprendes que hay cosas que puedes decirle a tu marido, así que con las manos en las caderas le dije con la voz más seria que pude hacer acopio. “Si quieres tener una granja, no te puedo detener, ¡pero estás loco! ¡No sabemos nada de vacas! Yo no las voy a cuidar y nunca  iré voy al campo donde haya animales de mil libras”.

Ben respondió: “¿Qué tenemos que saber? Los pones en el campo y comen hierba. ¿Qué tan difícil puede ser?”

(Permítanme parar aquí y advertirles: si tu esposo alguna vez hace esa pregunta retórica, debes convertirte en una guerrera de oración del grado más alto. Cúbrete a ti misma con oración ferviente, a tu esposo, a tu hogar, a tus campos y a tus vacas porque esa es la pregunta del innato e ignorante y el universo se reirá a carcajada abierta a causa de la diversión que tendrá a tu costa). Bueno pues, Ben se convirtió en un ganadero. Cuando dije “Sí quiero” en mi boda hace 34 años también me convertí en una ganadera, solo que no lo sabía todavía. Nuestros primeros dos años como padres de vacas han sido llenos de lecciones. Ben ha aprendido que cuando trae becerros, no solo los saca a pastar. Si lo hace, en menos de 18 horas arremeterán contra la cerca y se escaparán terminando en la granja del vecino a una milla y luego los tendrá que vender al rastro porque una vez que se escapan, lo seguirán intentando. También aprendió que un becerro de 300 libras lo puede arrojar como si fuera un trapo. Yo he aprendido que las vacas Angus son grandes ositos de peluche. Son animales tranquilos y dulces que solo quieren que los rasques y los ames. Paso tiempo con ellas siempre que puedo y lo llamamos “la terapia de la vaca”. También aprendí a no decir nada porque cada vez que he dicho “nunca haré esto o aquello”, terminé haciéndolo. Cuando Ben trajo a casa una vaca lechera el otoño pasado, dije: “Nunca ordeñaré una vaca” y mientras las palabras salían de mi boca, supe que acabaría haciéndolo.

Hemos aprendido juntos que es posible que dos adultos de mediana edad construyan un granero en una semana y aun se amen después de eso. Estoy eternamente agradecida con nuestros dos hijos que son muy misericordiosos y vinieron un fin de semana a poner el techo para que no tuviera que hacerlo yo.

¿Por qué comparto nuestra historia? Porque en algún lugar hay miles de esposas casadas con Visionarios que sienten que no pueden soportar toda esa locura. A veces todavía me siento así y eso es que ya tengo 34 años en este tipo de vida. Hace varios años le pregunté a una mujer mayor que yo y más sabia por qué todavía luchaba con mis reacciones, actitudes y pensamientos… Pensé que después de todos estos años, actuar de la manera correcta llegaría a ser algo natural. Me sorprendió su respuesta: Sigue luchando porque cuando te rindes, todos pierden. Dios sabe que estás casada con un Visionario y que a veces sientes que te estás volviendo loca. Pero Él dice en Isaías 65:24 “Y antes que clamen, responderé yo; mientras aun hablan yo habré oído”. Su provisión para ti no está solo a tiempo, sino que está TEMPRANO: “antes que clamen”. Tienes lo que necesitas en este momento para honrar a tu marido, no importa qué tan loco pienses que está. Tu arma secreta es tu flexibilidad, tu capacidad de adaptarte y dejarte llevar. ¡Practica a diario! “Encomienda a Jehová tus obras, Y tus pensamientos serán afirmados”. (Proverbios16:3). Aun cuando no tengas ganas, haz lo correcto y con el tiempo tus deseos se pondrán al día. Honrarás a Dios, Él te bendecirá y tu marido sabrá qué tesoro tiene en ti.