Esa mirada “encandilada” es muy común en un hombre en los primeros años de su vida matrimonial. Yo contraje matrimonio pensando que podría relacionarme con mi mujer como lo había hecho con mis amigos durante los últimos 25 años. La primera lección que aprendí es que las mujeres son irracionales y no tienen sentido la mayor parte del tiempo. Me tomó años antes de reconciliarme con el hecho de que no soy capaz de entender a la mujer. Nunca puedo presionarla para que vea mi lógica ni mi enfoque despreocupado de los problemas. Hay cosas que a mí no me interesan y que a mi esposa le preocupan profundamente. Tiene necesidades que yo no tengo que no tienen sentido para mí. Por ejemplo, si eres una persona que nunca tiene los pies fríos y duermes con una pareja que los tiene, simplemente no entiendes su necesidad de poner sus pies fríos sobre tus muslos. Me tomó muchos años antes de aprender a asegurarme de que mi esposa se pusiera calcetines antes de acostarnos. Ahora, en nuestra vejez, este problema ha cambiado. . . no lo emocional, sino los pies fríos. Ahora yo tengo los pies fríos y ella siempre es un horno, lo cual me es útil. Un giro inesperado es jugar limpio, ¿no? El matrimonio implica mucha avenencia. Involucra mucho “Está bien, si tú lo dices…” y mucha entrega. No es 50–50, es 100–100. Es un hombre que da el 100 por ciento de todo lo que él es a una dama por amor a ella y por su bienestar. Es una mujer que da el 100 por ciento de todo lo que ella es, sus talentos, dones y habilidades  a un hombre por amor a él y por su bienestar. Ustedes saben que la Biblia nos dice que el amor todo lo cree (1 Corintios 13:7). Esta simple declaración es clave tanto en el matrimonio como en nuestra relación con Dios. El amor no lleva la cuenta. No lleva puntaje. Cuando comenzamos a llevar la cuenta en una relación, estamos en ella buscando algo para nosotros mismos y nunca madurará en amor. Cuando comenzamos a llevar la cuenta se convierte en un juego en el que contamos ganadores y perdedores. Mientras mantenemos el puntaje, no lo hacemos con la esperanza de que la otra persona gane, sino que ganemos nosotros. ¿Alguna vez has visto a dos niños tratando de dividir algo que ambos codician? Cuando yo era niño me encantaba el pastel de chocolate. No había nada que me gustara más que el pastel de chocolate. Lamentablemente, mi madre solía hacer solamente un pastel que dividiría entre siete. Nunca era suficiente y me quedaba muriéndome de ganas de más pastel de chocolate. Una noche, cuando mi hermano y yo teníamos unos ocho y diez años, mamá y papá fueron a un estudio bíblico y nos dejaron solos en casa. Cuando salía por la puerta, mamá me dijo con una sonrisa: “Hice un pastel de chocolate. Después de que terminen de lavar los platos, pueden dividirlo y comérselo todo”. La maravilla de comerme medio pastel era excitante. Era el sueño de un niño hecho realidad. Lavamos los platos con los ojos puestos en aquel pastel de chocolate. Cuando secamos el último plato me apresuré a dividir el premio ya que yo era el mayor y obviamente era mucho más capaz de determinar dónde era la mitad del pastel. Mi hermanito era pequeño, pero cuando se trataba de pastel de chocolate era muy astuto. Vio que estaba poniendo el cuchillo un poco a mi favor; después de todo yo era mayor, así que considerando las circunstancias, mi cuerpo necesitaba un pedazo de pastel más grande. Pero no lo pude convencer.

  • “No, eso no está bien. Pon el cuchillo un poquito hacia acá”.

Alejé el pastel diciendo:

  • “¡No! estás equivocado”.

Él gritó:

  • “¡No, aquí!”

Pero me opuse firmemente.

  • “No, así, así… ”

¡Plaf! Boca abajo cayó en el piso aquel pastel de chocolate. Los dos nos quedamos mirando la gran plasta del pastel salpicado en el suelo por todos lados. Fue uno de esos momentos “ajá” en la vida. O tal vez podrías llamarlo un momento “¡OH NO!”. Era nuestra oportunidad de comer la mitad de todo un pastel, la primera vez en nuestra vida y ahora era solo el plato del perro. Ahora que lo pienso bien, el perro ni siquiera podía comerlo porque el chocolate enferma a los perros.

Lo miré como si hubiera arruinado toda mi vida y dije:

  • “Puedes comértelo todo”.

Me miró con la misma mirada acusadora.

  • “No quiero nada de pastel. Tú comételo todo.”

Fue mi turno gritar:

  • “Tú lo tiraste. Fue tu culpa.”

Él dijo:

  • “No, tú lo tiraste”.

Le dije:

  • “¡Yo no lo hice! Si solo me hubieras dejado dividirlo”.

Él respondió:

  • “Fue tu culpa porque estabas haciendo trampa tratando de tomar una porción más grande”.

Yo dije:

  • “Yo. . .”

El matrimonio es como un pastel de chocolate. Es tan bueno pero a veces termina esparcido por todo el piso. Cada uno de nosotros puede ver fácilmente lo que no está haciendo nuestra pareja o que lo que  está haciendo no muestra amor ni amabilidad. Pero ver la falta en nosotros mismos no es tan fácil. Lo que las parejas deben entender es que lo más importante en una relación es que nuestro cónyuge tenga la confianza de que puede contar con nosotros, que realmente queremos que sea feliz y que se sienta  satisfecho(a). Y cuando hacen cosas que no nos gustan como gastar dinero en exceso o están del mal humor, o cualquier otra cosa que nos molesta por ser humanos, no es porque quieran lastimarnos sino porque tuvieron un momento de debilidad. Pensar con generosidad impide que nos ofendamos. Todos necesitamos una persona que nos ame de verdad y piense lo mejor de nosotros. La mayoría de las personas se casan con una gran carga emocional que incluye la desconfianza, el egoísmo y el resentimiento. La realidad es que conocemos nuestro propio corazón, por lo que asumimos que el corazón de nuestro compañero es como el nuestro. Más que nada queremos nuestra parte justa del pastel y si sentimos que no la estamos recibiendo, acusamos, desconfiamos y nos sentimos maltratados. Las relaciones basadas en la confianza no se pueden construir sobre egoísmo o acusaciones. Muchos matrimonios cristianos están basados en la competencia en lugar de en la buena voluntad. No te estoy diciendo que el hombre deba cortar el pastel y que la esposa se quede con las sobras. Lo que digo es que cuando llegue el momento de cortar el pastel, señora, tú deberías decir:

  • “Realmente no como pastel, quiero que tú te lo comas todo”

y si él lo toma todo, entonces alégrate que lo disfrutó. Ustedes los hombres deberían decir:

  • “Mira, simplemente no me gusta mucho el pastel de chocolate. Puedes comértelo todo. Quiero ver que te comas todo el pastel”.

Ella podría responder:

  • “Mira, comamos solo un pedazo y luego pensaremos en comer otro, ¿de acuerdo? Toma un bocado”
  • “No, tú cómelo”.

A menudo, o más bien, generalmente, uno de los cónyuges tiene que estar dispuesto a renunciar a una gran parte del pastel antes de que el otro llegue a ver amor verdadero y comience a tener confianza. Pero así es como se construye un matrimonio dulce; es la manera en que se forma la confianza. El matrimonio es amor. El amor es darlo todo, no dividirlo por igual. Se trata de procurar el bien de la otra persona. Cuando llegamos a un lugar donde realmente amamos a nuestro cónyuge y queremos lo mejor para él/ella, entonces podemos comenzar a construir lo que llamo una relación dulce basada en la confianza. Tener a alguien que tenga total confianza en tu amor y perdón es muy preciado, quizás lo más valioso en este mundo

La relación basada en la confianza entre Dios y el hombre

Puede que solo haya una persona en esta vida con la que tengo ese tipo de relación y es esa persona es mi esposa. Tal vez el 95% con mis hijos y 50/50 con mis mejores amigos. Porque cuando has vivido tanto tiempo como yo, has tenido amigos que te traicionaron y amigos que dudaron de ti. Si algún día uno de mis amigos dudara de mí o de mis intenciones, entonces ya no sería mi amigo. No puedo hacerlos que sean mis amigos. Puedo perdonarlos, pero nunca puedo volver a confiarles nada vital. Podemos ser conocidos, pero ya no puedo ser un amigo cercano y Dios también es así. Dios quiere que confíes en él. Quiere que seas un alma gemela con quien Él pueda compartir todo, alguien a quien pueda confiarle Su corazón y Su reputación. En una relación basada en la confianza no hay reserva, duda, sospechas ni crítica, solo buena voluntad y franqueza total. Quizás esa sea una de las razones por las que Dios usa la relación matrimonial para ilustrar Su relación con la iglesia. Sé que mi esposa me da el beneficio de la duda. Sé que espera que yo tenga las mejores intenciones hacia ella. Ella tiene confianza en que me preocupo por ella por encima de todo. Y yo sé que si pareciera lo contrario, ella no creería lo que vería a simple vista, sino que se imaginaría un escenario donde asumiría lo mejor. Ella me cree. Ella elige tener confianza en mí. Ahora, ¿tienes a alguien así en tu vida? Si es así, es algo muy preciado; aunque sea una sola persona en tu vida. Si tienes dos o tres, eres un hombre rico por tener gente que cree en ti de esa manera. Henry Adams dijo: “Un amigo en la vida es mucho. Dos son demasiado. Tres son imposibles. La amistad necesita un cierto paralelismo de la vida, una comunión de ideas, una competencia de objetivos”. Dios exaltó a Abraham llamándole amigo. “Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue imputado por justicia: y fue llamado amigo de Dios” (Santiago 2:23). La mayoría de los matrimonios nunca llegan a un alto nivel de amistad porque nunca se preocupan lo suficiente por dar, por servir y por amar incondicionalmente. Si la vida tuviera un solo objetivo, yo diría que es tener una relación basada en la confianza con Dios y al menos con una persona. Dios quiere que confiemos en que Él nos ama más allá y sobre todas las cosas y que cuando sucedan cosas malas como sucedieron en la vida de Job, que le demos a Dios el beneficio de la duda, creyendo que “…a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a Su propósito son llamados”. (Romanos 8:28). Quiere que no nos amarguemos por las circunstancias de la vida, ni nos deprimamos o perdamos la confianza en Su cuidado amoroso porque podemos confiar en que ÉL nos ama y procura lo mejor para nosotros. Él es nuestro amigo más cercano. Dios nos creó con el expreso propósito de convertirnos en familia (Efesios 1). Desea comunión, desea una relación de unidad. Jesús oró para que “sean uno, así como nosotros somos uno” (Juan 17:22). Así es que esta unidad es lo que Jesús vino a establecer. No es solo para que dejemos de pecar. Gran parte de la religión se centra en tratar de guardar la ley, hacer cosas buenas o guardar el sábado, diezmar, ir a la iglesia, confesar los pecados o leer la Biblia. Esa es una religión deplorable. Todo es superficial en comparación con cultivar una relación basada en la confianza con el Padre Celestial. Lo que Dios está buscando es una relación basada en la confianza. Quiere que llegues al punto que llegó Job cuando escuchó que todos sus tesoros terrenales fueron robados o destruidos dejándolo de repente sin nada, y sí, incluso cuando mataron a toda su familia: cayó de bruces y adoró a Dios. Job sabía que Dios lo amaba y se hacía cargo de él. Esa relación de confianza que compartió con Dios fue lo más preciado en su vida por encima de su riqueza, de su salud, de su esposa y de sus hijos. Job sabía que en Dios tenía un amigo, que Dios tenía buena voluntad hacia él y que tenía un propósito aun cuando no era aparente y aun cuando parecía contradecir las circunstancias. Así es como se ve una relación basada en la confianza. Espera lo mejor de Dios. Espera lo mejor de tu cónyuge. Sé el mejor amigo de Dios y de todos los demás y sin duda serás una persona rica.