Vive con gratitud, perdón y gozo,
y disfruta cada momento como si
fuera el último.

Mi Jovial Compañero de Juego

Tú decides si tú y tu marido serán “coherederos de la gracia de la vida” (I Pedro 3:7), o socios en las tensiones y el estrés de la vida. Tienes mucho más control del que te imaginas.
Como regla general, mi esposo simplemente no saca la basura. Yo podría sentirme molesta, o podría aprender a disfrutar sacando la basura. Yo soy lista; realmente he aprendido a disfrutar sacando la basura. Recientemente, mi marido me vio luchando para salir por la puerta con una enorme bolsa de basura en una mano y varias cajas de cartón vacías en la otra. Como él iba para allá, ofreció llevar la bolsa pesada. Se adelantó a mí como unos tres metros, y sostenía la bolsa lejos de su cuerpo con una mano. Yo sabía que sólo trataba de mostrarme lo fuerte que era. Como siempre, a mí me divertía su alarde de hombría. Después de casi treinta y cinco años de estarme presumiendo su musculatura, imaginarías que se cansaría de presumir, pero él sabe que yo nunca me canso de observar su actuación. Al acercarse al enorme remolque de basura, se estaba dejando llevar en grande con su exhibición de masculinidad. Con gran fanfarria arrojó (diría disparó, pero fue como una catapulta lateral) la enorme bolsa de basura como si fuera un bloque de concreto en lugar de una delgada bolsa de plástico excesivamente cargada para su propia resistencia. Como era de esperar, se rompió la cuerda, permitiendo que la bolsa golpeara el costado del remolque, abriéndose para regar basura por el suelo. Percibí que sintió un poco de pena cuando yo corrí para recoger su tiradero, pero él siguió su camino como si nada hubiera pasado. Recuerdo un tiempo en que esto me hubiera irritado hasta el punto de la amargura. Me hubiera asegurado de que él sintiera mi irritación y nuestra relación hubiera estado tirante, todo por una bolsa de basura. ¡Qué manera tan tonta de desperdiciar nuestra vida!
Pero ahora, mientras observaba cómo se escabullía humildemente, tuve que sonreír. Creo que por fin he logrado entender el psique masculino, al menos el de este macho. Sé que lo de la bolsa de basura rota fue muy duro para el muchachón. Es curioso que los hombres piensan que es tan difícil entender a las mujeres, pero ¿puedes imaginar que una mujer arrojara una pesada bolsa de basura para demostrar lo fuerte que es y luego, habiéndola derramado, dejarla para que otro la recoja? Habiendo alcanzado este elevado entendimiento del ego masculino, ya estaba segura de que el Papá Grande buscaría cualquier oportunidad para sacar la basura de ahora en delante, y siempre lo haría bien. Se presentó su oportunidad como dos semanas más tarde, cuando yo iba saliendo por la puerta trasera con otra pesada bolsa. Expresé amablemente mi gratitud cuando él ofreció sacar la bolsa. En el momento que él salió, pegué carrera para llegar a la ventana del cuarto de lavandería. Rápidamente elevé la ventana unos siete centímetros, y esperé a que él se acercara al remolque de la basura, que está directamente frente a la ventana de la lavandería. Esta vez lanzó la pesada bolsa cuidadosa y suavemente, y yo estaba preparada. En el momento que su mano soltó la bolsa, solté un grito aterrador. Uno pensaría que él se acostumbraría a mis juegos después de tantos años, pero lo había sorprendido de nuevo. Quisiera que hubieras visto su reacción. Su camiseta se sacudió como impulsada por una ráfaga de viento, y cada centímetro de su cuerpo temblaba como de espanto. Por supuesto que mi propio cuerpo se sacudía con espasmos de risa incontenible. Él tardó un momento o dos en registrar que la bolsa había caído correctamente y que el alarido no tenía relación con la bolsa de basura que acababa de aventar. Yo había sacudido de tal manera sus nervios con mi salvaje alarido de guerra que pareció llevarle un segundo comprender que yo se la había hecho una vez más. Ah, fue un momento grandioso—hasta que él volteó para mirarme cara a risueña cara, y yo comprendí que tendría que pagar por mi escandalosa diversión. Su mente confundida volvió rápidamente al presente, y pegó carrera hacia la casa de nuevo, a una velocidad de la que yo no lo creía capaz desde hace mucho tiempo. Yo sabía que sería inútil tratar de esconderme, porque me encontraría tarde o temprano, así que decidí emplear mi pose de “dama inocente.”

¡Qué útil resulta ser mujer!

Me coloqué delicadamente frente al fregadero de la cocina y empecé a lavar platos, suprimiendo mi risa con gran dificultad. Entró por la puerta con un rugido de camión Dina, pero yo no hice ningún caso y seguía lavando platos. Mi postura recatada no logró detenerlo. Se asió de mi brazo y me jaló hacia la recámara. Como pesa 50 kilos más que yo, no había duda de quién ganaría, aunque tuvo que arrastrarme todo el camino. No puedo más que imaginar lo que hubiera pensado el personal de la oficina (que está en la siguiente casa) si alguno de ellos hubiera llegado en ese preciso instante. Yo estaba preparada con otro alarido por si acaso hubiera llegado nuestro reservado administrador. Hubiera sido realmente divertido ver el rostro horrorizado del administrador. Puedo imaginar que pensara con horror, “¡Y ELLOS enseñan sobre relaciones matrimoniales!”
Mike creía que me iba a espantar con su despliegue de fuerza bruta, pero me estaba arrastrando a mi sitio favorito para ganar: la recámara. Mientras él cerraba y aseguraba la puerta, yo me acomodé rápidamente en una pose provocativa y seductora. Él siempre cae. Qué útil resulta ser mujer. Así que él empezó a besuquearme mientras yo seguía riendo por un rato más. Es más bueno para besuquear que para aventar bolsas de basura. Bueno, ya basta de este relato. Pero, ¿logras apreciar cuánto mejor es un corazón alegre que un montón horrible de sentimientos heridos?

Haz Que el Amor Sea Divertido
Mike es mi compañero de juego. Él necesita alguien con quién jugar todos los días. Yo soy su ayuda idónea. O sea que yo soy su ayudante, adecuada para sus necesidades. Yo satisfago su necesidad de conversación, compañerismo y juego. Siempre que salimos a caminar, terminamos por jugar carreras. Cuando escalamos un cerro, yo me prendo de su cinto y él me jala, sólo por jugar. El otro día subíamos por una pendiente muy inclinada, y a ambos nos faltaba el aire. Él volteó hacia donde estaba yo y preguntó: “¿Necesitas que te jale?” “No, yo puedo sola,” le contesté. Jadeante, me presentó el trasero y me dijo: “¡Entonces, empuja!” Reímos hasta llegar a la cima de la loma. No hizo que fuera más fácil escalar la loma, pero la risa siempre hace que sea más fácil escalar la vida.
Casi todos los días recibimos el amanecer con lo que nosotros llamamos “revolcaderas”, que consiste en una lucha en la que alternadamente rodamos, nos abrazamos, nos acurrucamos, nos hacemos cosquillas, y en ocasiones terminamos en una auténtica lucha libre o un juego de “rey de la cama” en la que yo intento tumbarlo de la cama. Si le hago suficientes cosquillas, pierde su fuerza y a veces logro ganarle.
Yo soy su compañera de juego. A él le parece que soy perfectamente maravillosa, no porque sea una mujer bonita. Esos días quedaron atrás, hace más años de los que yo quisiera recordar. Nuestro deleite uno con el otro no se dio porque él fuera el hombre perfecto, ni porque él me ame “como Cristo amó a la iglesia,” ni porque él sea “sensible a todas mis necesidades.” No se dio porque él saque la basura, no porque es cuidadoso de limpiar su tiradero, ni porque siempre haya ganado un buen ingreso, supliéndome todas las cosas que la mayoría de las mujeres toman por sentado. No se dio porque él sea un fuerte líder espiritual que siempre hace lo correcto. Se dio y se sigue dando como resultado de las decisiones que tomo todos los días. Nunca guardo resentimientos, por mucha razón que tenga para estar ofendida—y con frecuencia tengo razón para estar ofendida. Todos los días me acuerdo de verme a mí misma como la mujer que Dios dio a este hombre. Esta mentalidad me ayuda a ser precisamente eso: un regalo, una compañera de juego, su ayudante.
Desde principios de nuestro matrimonio, cada uno hizo un compromiso (en forma independiente) de agradar y perdonar a otro, por muy hirientes que fueran las acciones o las palabras dichas. En algún punto en el paso de los años, la buena voluntad y el corazón alegre uno para con el otro, se ha vuelto tan natural como respirar. Hemos aprendido que la vida entera es divertida y hay que compartirla con nuestro mejor amigo, compañero de juego y amante. Ésta es pues, la regla de la vida para las esposas: Vive con gratitud, perdón y gozo, y disfruta cada momento como si fuera el último. Algún día, demasiado pronto, lo será.
Lo maravilloso de mi historia es que se ha prolongado ya por cerca de treinta y cinco años. Nadie se imaginaría que los dos ancianitos sentados allá en la mesa del rincón del restaurante, obteniendo su descuento de la tercera edad, estarían todavía divirtiéndose tanto. Sin embargo, seguimos disfrutándonos uno al otro, jugando, riendo, amando y compartiendo. Hemos sido coherederos de la gracia de la vida, no socios en estrés y amargura. Nuestra relación ha sido un testimonio viviente de Cristo y la iglesia. Mi marido ha sido mi cabeza, y yo he sido el cuerpo. A él le gusta recordarme que soy un excelente cuerpo. A mi edad, eso no sólo me debe dar risa a mí, sino que te ha de parecer cómico a ti también. Esto es exactamente lo que Dios quiso que fuera el matrimonio entre un hombre y su esposa. Es el gran misterio al que se refiere la Escritura. El diccionario dice que un misterio es algo enigmático o inaccesible a nuestra razón. De verdad que es asombroso que dos seres terrenales, viviendo en este mundo condenado, disfruten de una gozosa relación durante todo su matrimonio.
El hecho de haber conocido tal amor e intimidad con un hombre, permite que mi comprensión y aprecio por Dios sean mucho más profundos. Una relación basada en leyes, reglas, humildad obstinada y formalidad, es la muerte. Yo he aprendido a acercarme a Dios así como me acerco a mi marido; con amor, gozo y deleite.

Desde Este Día en Adelante
Ahora, yo sé lo que algunas de ustedes están pensando. Piensas que es demasiado tarde para ti. Estás luchando con tu segundo o tercer matrimonio con un incrédulo adicto a la pornografía, o estás sufriendo con las cicatrices emocionales de tu juventud impía. Quiero que sepas algo maravilloso acerca de Jesús. Con Él, no importa dónde has estado ni con quién, porque su amor y su perdón te pueden alcanzar y te pueden restaurar. Él está dispuesto a amarte y hacerte su esposa, así como estás. Y te pide que seas esposa para tu marido, así como está él. Cuando una hermana débil cumple con su propósito divino de ser una verdadera ayuda idónea, trae grande gloria y gozo para Dios.
¿Recuerdas ese gran relato en Lucas 7:38, donde la mujer que había sido promiscua se entrometió en una cena privada en casa de un fariseo? Se acercó apresuradamente adonde estaba sentado Jesús, se inclinó atrás de Él, llorando sobre sus pies polvorientos. Su intención era ungir sus pies con ungüento costoso, pero sus lágrimas de arrepentimiento y gratitud cayeron sobre sus pies. Creo que ella sintió profunda pena al ver que lo había contaminado con sus lágrimas, no encontrando nada con lo que pudiera secarlos y corregir su intrusión, desató su largo cabello y lo usó para limpiar sus indignas lágrimas. Los fariseos estaban seguros de que Jesús no hubiera aceptado la devoción de ella si hubiera sabido quién era y lo que era. Pero ellos realmente no conocían a Jesús. Jesús se dirigió con la mujer y dijo a todos los presentes: “Por lo cual te digo que sus muchos pecados, le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados…Tu fe te ha salvado, ve en paz” (Lucas 7:47-48, 50).

Gratitud
Querida Debi,
Quiero enviar mi testimonio porque tú has sido de mucho aliento para mí. Lo envío con la aprobación de mi marido.
Cuando era pequeña, fui manoseada por miembros de la familia y por quienes no eran miembros de la familia. No recuerdo nunca haberme sentido pura. Cuando yo tenía cuatro años de edad, mis padres se divorciaron, y nosotros quedamos bajo la custodia de mi madre. Creo que Mamá simplemente se dio por vencida cuando se divorciaron. Ella no nos cuidaba. Vivíamos prácticamente abandonados. Estábamos sucios y desaseados. Como estas cosas se arraigaron en mi persona, realmente nunca supe lo que era ser amada. Era seguro que Dios no podría amarme, porque yo estaba tan sucia, por dentro y por fuera. Eso no era sólo algo que yo pensaba en mi cabeza, sino que así vivía.
Después de que me casé, experimenté un profundo dolor personal en mi relación matrimonial—el adulterio de mi marido. Era terrible. Yo reaccioné terriblemente contra él. Lo desafiaba, lo usaba para salirme con la mía y lo torturaba con eso. Lo que tú gustes; yo lo hacía. Lo único que no hice fue abandonarlo. Sufrimos muchas ofensas, enojos y amarguras. Me costaba mucho confiar en algo o en alguien, incluso Dios.
Le pedí a Dios que por favor me mostrara aunque fuera una manera en que Él me amaba. Me sentía mal por pedírselo, considerando que Él había enviado a su Hijo unigénito para morir por mí. Pero sí se lo pedí, y Dios me contestó. Esa noche salí de la sala para orar, y Dios me abrió lo que parecía ser una pequeña parte del cielo. Me recordó que Él me había amado cuando yo era aquella niña sucia, mal educada y manoseada.
Lo hizo de la siguiente manera: en nuestro barrio vivía una mujer cristiana. Cuando yo tenía cinco años, pasaba un día frente a su casa con una galleta sucia en mi mano, y se la ofrecí a ella. Ella la aceptó y me subió a su regazo para contarme todo acerca de Jesucristo, la Creación y que Cristo regresaría por nosotros algún día. Fue el regazo de Dios en el que me senté ese día; sólo que tardé años y años en comprenderlo. Sólo porque Dios amó a una niñita sucia, pasé por toda la escuela pública sin tragarme la evolución. Contaba con un conocimiento básico acerca de Jesucristo, el pecado, el infierno y el cielo. Cuando yo era una niña solitaria, rechazada, Dios había puesto un fundamento en mi vida que un día conduciría a mi salvación por medio de la fe en Cristo y su obra terminada en el Calvario. Aquella mujer también me llevó a la iglesia con ella durante los siguientes cinco años. Ella era un auténtico conducto del amor de Dios.
Llegó un momento durante todos nuestros problemas matrimoniales, que yo entendí que me estaba estancando. Me puse de rodillas y empecé a orar, pidiéndole a Dios que me hiciera agradecida. Ese domingo estuvieron presentes en nuestra iglesia, las damas de los Hogares Roloff. [Los Hogares Roloff reciben mujeres drogadictas o de la calle cuando buscan ayuda.] Dios me empezó a recordar de dónde me había sacado y de lo que me había librado. Mientras Dios hacía esto en mí, nuestro pastor pidió que las damas de nuestra iglesia que quisieran hacerlo, pasaran a colocarse junto a las mujeres Roloff, porque en realidad, si no fuera por la gracia de Dios, nosotras estaríamos allí donde estaban esas damas. Pasé a pararme junto a ellas y cantamos, “En La Cruz.” Empecé a llorar, pensando en el pozo cenagoso del que Dios me había rescatado. Las damas Roloff pusieron sus manos sobre mí para consolarme—¡a mí, quien debía estar consolándolas a ellas! Silenciosamente agradecí a Dios el que me hubiera enseñado gratitud, y le di gracias por haberlo hecho con tanta ternura.
La gratitud es la clave de la victoria espiritual. 
A estas alturas cambió el rumbo de la batalla. Llegó un momento en el que Dios trató conmigo respecto a mi amargura contra Él. Yo había cargado con esta amargura contra Él por no haberme protegido cuando yo era niña, cuando yo consideraba que lo hubiera hecho. Él me mostró que tampoco había aislado a Jesús. Tuve que luchar para abandonar eso y confiar en que Dios haría con ello lo que fuera necesario. Aprendí una buena lección acerca de la amargura. Aleja a todos. Ahora yo estaba dispuesta a dejarlo en manos de Dios. Durante las siguientes semanas, descubrí que sentía la libertad de acudir a Dios para todo.
¿Quién iba a creer que ahora quiero estar casada con mi marido? Que disfruto estar cerca de él y pasar tiempo con él. Disfruto platicar con él y disfruto el hecho de que él me balancea tan bien. ¿Quién podría creer que espero tener más hijos con él, si Dios lo permite? Algunos dirían que soy débil y tonta o extremadamente co-dependiente. Lo que piense la gente no importa nada en comparación con lo que piensa Dios. Yo sé que Dios me ha sacado adelante. Desconozco lo que pueda traer el futuro, pero como las mujeres de la antigüedad, estoy confiando en Dios. Ahora Él es cercano y personal. Estoy aprendiendo a descansar en Él. Le amo. No ha hecho nada en mi vida como yo esperaba que lo hiciera, pero ha hecho abundantemente más de lo que yo podría imaginar o pedir.
Sara
El mensaje para ti es sencillo. Desde este día en adelante, empezando en este momento—hoy—sé una mujer que honra, obedece y ama a Jesús, honrando a tu marido.