Querido Michael,

En el artículo “Estudio sobre los surcos de la depresión” Debi escribió: “Los propiciadores se consideran ellos mismos más comprensivos y amorosos, pero todos los psicólogos del mundo están de acuerdo: nunca es algo positivo tener un propiciador dulce, amable y amoroso en tu equipo… Si tienes un ser querido que cae en tristeza depresiva, no mimes ni pases el tiempo hablando de ella…” Bueno, eso es lo que no deberíamos hacer. ¿Pero entonces, qué deberíamos hacer? ¿Y qué si el ” propiciador” es la esposa que está tratando de someterse a los deseos de su marido?

-Una lectora

Mike responde,

Tu pregunta, provocada por un aparente conflicto con otras cosas que hemos escrito sobre el sometimiento de las esposas a sus maridos y siendo unas ayudas idóneas buenas está bien formulada y va al grano. Al escribir en la revista sobre un tema en particular, el formato limitado prohíbe un análisis exhaustivo de todos los puntos relevantes. Sin embargo, puedo ver cómo podríamos haber sido más tajantes en el artículo.

El sujeto era propiciadores —amigos cercanos, miembros de la familia o cónyuges— que están motivados constantemente por su propia necesidad personal a apoyar el mal comportamiento de alguien cercano a ellos. Apoyan el comportamiento adverso al tratarlo como normal, al simpatizar con el comportamiento irracional o la autocompasión crónica.

Su apoyo no deja espacio para que el otro vea su comportamiento con discernimiento; al contrario, normaliza totalmente la condición deteriorada o egoísta. Citaste a Debi: “Si tienes un ser querido que cae en tristeza depresiva… no la mimes ni pases el tiempo hablando de ella…”

Debi se refiere a aquellos que viven en un estado de tristeza o desánimo como rasgo de personalidad, como  forma de vida cuando las cosas no les convienen, no al individuo que de repente es afectado por un evento verdaderamente triste. Si un amigo que normalmente es estable cae en depresión, llevarlo a caminar, invitarlo a una comida al aire libre o escucharlo hablar sobre su depresión no es ser un propiciador.

Si tu cónyuge o amigo se sume en la autocompasión y la miseria o se aflige y pierde la confianza por un problema personal menor,  eres un propiciador si tratas sus quejas con comprensión tierna en lugar de guiarlo para que se vea a sí mismo objetivamente. Tu objetivo es llevarlo a la normalidad, no legitimar su miseria expresando simpatía y confirmando sus falsas suposiciones.

Ser una buena ayuda idónea es ayudar a tu cónyuge a ser más fuerte, más feliz, más saludable y más perspicaz consigo mismo y con los demás. Tú lo aplicaste a tu papel de ayuda idónea, así que responderé aprovechando esta oportunidad para ampliar el alcance de tu pregunta y analizar el principio de una manera más amplia.

Si tu esposo es perezoso y no consigue un empleo y culpa su situación al lugar de trabajo o a la forma en que lo maltratan y tú simpatizas con él y compartes su acusación del mundo terrible, eres una propiciadora. PERO, si lo tratas con desdén o con enojo, estás deshonrando a tu marido y a Dios. Existe una clara diferencia en las dos respuestas. Una ayuda idónea es una esposa que ayuda a su marido satisfaciendo sus necesidades.

Si vives con el alma en un hilo tratando de limpiar emocionalmente su comportamiento destructivo sin permitirle sentir las consecuencias de sus fechorías y malas palabras, no estás siendo una buena ayuda, estás siendo una propiciadora mediocre e inútil. Si consigues un trabajo cuando él no lo hace, eres una propiciadora. Si estás de acuerdo con su paranoia acerca el mundo, de la iglesia, etc., eres una propiciadora. PERO si lo ridiculizas o te burlas de él, lo estás deshonrando y por lo tanto pecando contra Dios y empujarás a tu marido aún más a lo raro.

Ser una ayuda idónea es un trabajo que Dios te ha dado, así que cumple con tu deber y ayuda donde sea necesario. Cuando veas que está exagerando, díselo; eres una persona y tienes derecho a tener una opinión. Si no está trabajando y culpa a todos los demás y ves que está fuera de lugar, dile que está fuera de lugar y recuérdale que la familia necesita que enfrente la situación.   Puede que lo haga o puede que no, pero eso no cambia tu opinión ni tu actitud. Aprende a orar por él mientras duerme por la noche. Dios escucha y responde.

Todo se reduce a la actitud de la esposa. Si tienes buena voluntad hacia tu marido, puedes ser paciente con sus imperfecciones sin permitirle pensar que es algo normal. Dignamente puedes mirarlo a los ojos de tal manera que le digas: “Te amo aunque seas ridículo”. Puedes responder a un comportamiento indeseado expresando tus inquietudes de una manera que no intente castigarlo o humillarlo. Ármate de valor con la seguridad de que eres su ayudante la cual no se rompe con sus golpes verbales.

Hazle frente y dile con los ojos y con tu comportamiento: “Soy una persona valiosa y no merezco esto; has actuado indebidamente, pero te perdono. Seguiré tu liderazgo como cabeza de familia que eres, pero no aceptaré como normal tu feo comportamiento. La culpa es tuya, no mía, y como vale la pena sanar nuestro matrimonio, estoy aquí como tu pareja indulgente y fiel”.