¿Cuándo es un niño muy pequeño para pegarle? La respuesta depende obviamente de tu definición de la palabra “pegarle”.

Algunos padres pegan de manera que es inapropiada en cualquier niño a cualquier edad. Les pegan enojados y buscan castigarlos por la ofensa que les ha causado su mal comportamiento. Esto es inaceptable a cualquier edad, pero es atroz especialmente cuando se dirige a niños muy pequeños e inmaduros. Pegarle a los niños a cualquier edad solo lo deben hacer aquéllos que tienen una filosofía adecuada de pegar y que poseen control de sus emociones. Nuestro folleto Castigo bíblico (No está disponible en español) trata a fondo la filosofía de la vara bíblica, pero hay un punto adicional que debemos hacer con respecto al castigo apropiado de acuerdo a la edad.

Primero, aclaremos nuestra terminología correcta sobre pegar. La terminología es particularmente importante porque nuestro subconsciente está influenciado altamente por las definiciones que asignamos a los términos que usamos comúnmente en el entrenamiento o en lo que respecta nuestros hijos. Por esa razón y sin importar la edad del niño, no nos referimos a “castigo corporal” como lo hacen algunos, más bien nos referimos a “disciplina”, término bíblico que se encuentra en el Nuevo Testamento en el capítulo doce de Hebreos. Al disciplinar a sus hijos, los padres estables emocionalmente no se ven a sí mismos como instrumentos de la ira de Dios cayendo sobre los pequeños pecadores que la merecen. Los padres que emulan la naturaleza de Dios no desean castigar (ejecutar la justicia retributiva) a los niños pequeños. Un adolescente que comete un acto violento puede necesitar castigo, pero un niño pequeño que aún no ha desarrollado una perspectiva moral, no puede hacer nada que merezca castigo. La aplicación del castigo asume responsabilidad y rendición de cuentas. El castigo no se trata de entrenar o corregir el comportamiento; se trata de devolver “ojo por ojo”. El concepto detrás del principio del castigo es: “Causaste dolor y sufrimiento a los demás, por esa razón recibirás dolor y sufrimiento para pagar por tus faltas”. Así que hagamos la pregunta nuevamente, “¿Cuándo es un niño muy pequeño para pegarle?” Si según tu terminología quieres decir, “pegarle para infligir castigo”, todos los pequeñitos son muy pequeños. Un niño es demasiado pequeño para castigarlo mientras no tenga la edad suficiente para distinguir lo correcto de lo incorrecto, el bien del mal, el cielo del infierno y obedecer la ley o violarla.

Antes de abordar el tema de la edad apropiada, debemos aclarar el principio vital de que a cualquier edad, el castigo bíblico apropiado no es infligir dolor con el propósito de disuadir. Es cierto que algunos niños de diez años pueden verse obligados a obedecer por temor a un golpe doloroso, pero en la mayoría de los casos estarán más motivados por su pasión por desobedecer o porque han aprendido a obedecer. Los niños mayores, (diez años o más) como la mayoría de los adultos, viven más por sus propios valores que por el miedo a la policía o a los padres, mientras que los niños pequeños (menores de tres años) generalmente no están lo suficientemente maduros intelectualmente para recordar y calcular la posibilidad de las consecuencias por sus acciones. Prácticamente viven por capricho y por hábito; no son tan deliberados ni premeditados en su forma de pensar, por lo que el miedo a que les peguen no es muy buen freno. Además, la obediencia por temor a que les peguen no sirve para nada más allá que evitar que el niño vuelva a cometer la mala acción. No entrena ni forja su carácter. El mejor manual de entrenamiento infantil jamás escrito dice: “La vara y la corrección dan sabiduría” (Proverbios 29:15). El regaño se ejecuta con palabras. El regaño está diseñado para impartir sabiduría y entendimiento. El regaño corrige la perspectiva del niño y le da una razón para obedecer más grande que el miedo. La vara por sí sola puede crear miedo, pero el regaño crea sabiduría.

Sin embargo, así como el niño pequeño no está lo suficientemente maduro como para recordar y asociar la desobediencia con el dolor causado por pegarle, tampoco puede recibir las palabras de regaño porque todavía no posee dominio del idioma ni puede pensar efectivamente en términos de filosofía o de principios. En resumen, el niño pequeño menor de tres años no es plenamente capaz de beneficiarse del castigo o del regaño. ¿Entonces nosotros los padres nos quedamos sin ningún recurso? ¡Por supuesto que no! Dios nos ha proporcionado el instrumento de entrenamiento con uso muy ocasional de la disciplina corporal, siempre y cuando no esté relacionada con el castigo.

Si bien podemos estar razonablemente de acuerdo en que el  pequeño es demasiado chiquito para ser castigado, y si bien podemos entender que es demasiado inmaduro para beneficiarse del regaño, entonces ¿debemos dejar al niño en paz hasta que esté lo suficientemente grande como para hablar con él sobre sus acciones carnales y su comportamiento desenfrenado? “…Mas el muchacho consentido avergonzará a su madre”. (Proverbios 29:15). ¿Muy pequeño para el castigo corporal y muy inmaduro para el regaño? Lo que nos queda es “Entrenamiento”. Instruye al niño en su camino, Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. (Proverbios 22: 6). El entrenamiento bíblico incorpora el principio de la vara como un refuerzo a las órdenes dadas por los padres. Con el término de “vara” me refiero a pegarles. La Biblia nunca usa la palabra “pegar”, pero es muy enérgica en el uso de la palabra “vara” con respecto al entrenamiento infantil. “La necedad está ligada en el corazón del muchacho; Mas la vara de la corrección la alejará de él”. (Proverbios 22:15). Nota que es una vara de corrección, no una vara de castigo. La vara que corrige es la vara que entrena.

Hemos señalado aquí que los niños menores de tres años (seis meses más o menos) no se pueden beneficiar del castigo corporal, pero hemos señalado en otro lugar que los niños pequeños sí se benefician de la aplicación de la vara de entrenamiento. ¿Cuál es la diferencia? En ambos casos se le está pegando al niño con un instrumento. Pero hay una gran diferencia tanto en la severidad como en la cantidad de “golpes” y también en las expectativas y la perspectiva de los padres. Por esa razón no podemos especificar arbitrariamente una edad adecuada y decir que es apropiado pegarle a un niño a partir de ese punto. Los niños difieren, la manera de pegarles difiere, las circunstancias difieren y los padres difieren.

Un niño de seis meses es capaz de hacer un berrinche y exigir salirse con la suya, pero no está siendo “un niño malo”. No puede ser declarado moralmente malo con su intelecto limitado y su percepción moral nula simplemente porque actúa socialmente de manera inaceptable. Aunque puede hacer la situación incómoda e inconveniente para sus padres, no se le puede culpar porque considerar castigar a un bebé de seis meses es absurdo, o sea, se fracasa totalmente en entender la realidad. Pero todo su comportamiento absorbente y arrebatos perturbadores se convierten en una carga pesada (a veces vergonzosa) para los padres, lo que a menudo los lleva a ignorarlo, o peor aún, le permiten desarrollar una actitud egoísta profundamente arraigada. Es obvio para cualquier padre que el niño de seis meses puede ser exigente e iracundo. Puede exigir salirse con la suya aun cuando no es bueno para él, como gatear en el piso de un restaurante o comer lo que no debe. Puede exigir que le des tus anteojos que destruirá inmediatamente y gritar con rebeldía si no le cumples sus deseos.

Estos padres “parcialmente sabios” saben que ese torbellino de energía está intelectualmente más allá del beneficio que proviene del castigo o de las normas, por lo que le permiten practicar sus tácticas intimidantes por el próximo año o dos hasta que desarrolle sus habilidades lingüísticas y ellos estén convencidos inevitablemente de que ahora el niño puede entender el regaño y apreciar la responsabilidad. Pero para entonces él ya ha perfeccionado sus tácticas dañinas. Cuando los padres finalmente están convencidos de que es hora de tomar medidas enérgicas y exigirle, ya el niño está listo para rebelarse enérgicamente y ganar. Para cuando los padres se dan cuenta de que el niño puede razonar, ya no hay nada qué hacer. Ya es un bárbaro hedonista endurecido inmerso en prácticas carnales y está convencido de que el mundo se centra en él. En los primeros tres años ha desarrollado una forma de ver la vida que lo coloca en el centro y hace la gratificación el fin principal de su vida. Por defecto ha aprendido que las personas existen para complacerlo; después de todo, ese ha sido el orden de las cosas durante los tres años de su vida.

A veces los padres sospechan que su hijo de un año de edad sabe más de lo que es obvio. Es como si tuviera el demonio. Comenzaron este trayecto sin creer en pegarle, pero ahora tienen ganas de pegarle al “mocoso”. El aumento repentino de su ira los sorprende: “¿Qué tipo de monstruo soy que tengo ganas de pegarle a mi hijo?” Deberían conmocionarse. Tales sentimientos incontrolados solo pueden conducir al abuso. Los padres con convicciones y cierto grado de autocontrol se encuentran sacudiendo del brazo al niño mientras grita, o sentándolo fuertemente mientras el monstruo llora iracundo. Sus rostros enrojecidos y la prisa y la ira con las que tratan al niño dan testimonio de su sentimiento de impotencia. Pero se resisten a dar el terrible paso de pegarles. Cuando oyen que alguien le “pega” a un niño de un año se disgustan porque saben que si ellos llegaran al punto de perder el control y le pegaran a su hijo, sería definitivamente un acto de violencia contra el pequeño. Tienen un concepto de pegarle que se derivó de su propia frustración y enojo que en algunos casos se agrega a lo que recuerdan cuando eran niños cuando su padre o madre tenían aún menos autocontrol que ellos y terminaron recibiendo violencia en el nombre de disciplinarles. Sus propias experiencias los han dejado con una perspectiva distorsionada. Ven todo lo relacionado con pegarles a través del escarlata de sus propios lentes de colores. Su experiencia es común y dolorosa. Pero existe otra manera.

Es el camino de paz. Es un trayecto sin ira ni pérdida de control. Es el método de entrenamiento, el modo de la disciplina. Primeramente el padre debe ser entrenado para ejercer disciplina personal para que luego sea capaz de obligar al niño a caminar en disciplina, a veces mediante la aplicación de la vara de entrenamiento. Así el niño crece emocionalmente seguro, sin odiarse a sí mismo, envuelto en un brillante rayo de amor y caminando de forma segura en el terreno del respeto propio. Es un trayecto que termina con hijos adultos excepcionales que bendicen a sus padres.

“¿Cuándo es muy pequeño para pegarle?” Puedo responder la pregunta de acuerdo con mi definición de “pegar”. Un niño es muy pequeño para pegarle cuando hacerlo no le sea provechoso. Evidentemente, lo mismo se aplica al niño de cualquier edad.

Permíteme darte un ejemplo de la aplicación de la “vara de entrenamiento”. Un niño de seis meses arroja su plato de comida al suelo porque no le gusta lo que contiene. Esta es la primera etapa de la obstinación y el desafío. Si el pequeño se sale con la suya y sus padres no lo obligan a hacer lo contrario, entonces están normalizando ese comportamiento. Además, están permitiendo que la semilla del desafío crezca en el alma del niño. Ni el regaño ni el castigo serían efectivos. El niño no haría ninguna conexión entre su acción y el sufrimiento que infligieras. Si le pegaras lo suficiente como para crear un dolor significativo, se distraería tanto con el dolor y se sentiría tan atemorizado y perturbado emocionalmente que no se le podría entrenar de ninguna manera. Recuerda que el niño simplemente expresa su voluntad al tirar la comida al piso. Para un adulto, tirar la comida al suelo sería socialmente vergonzoso. El niño no tiene conciencia social, así que hace lo que siente. Tirar la comida no es una gran ofensa para un niño de seis meses, pero no siempre tendrá seis meses y no será gracioso por mucho tiempo. Te enloquecerá cuando tenga tres años y arroje un plato lleno de comida en tu regazo.

Así es que lo observamos sabiendo su tendencia hacia la obsesión egoísta. Cuando agarre su plato con la intención de tirarlo, pégale en la mano con un pequeño instrumento (cuchara de madera ligera, espátula de goma, tubo flexible de menos de un cuarto de pulgada de diámetro, o cualquier instrumento que cause un ardor desagradable sin dejar ninguna marca). Mientras le golpeas la mano, le dices “No” con voz de mando normal. El tono sin enojo, pero sí decisivo, es más importante que la palabra. Los niños entienden el temperamento en tu tono antes de nacer y lo reconocerán.  Este tipo de pegarles no es un castigo. Lo más seguro es que ni siquiera hará llorar al pequeño. Se sorprenderá y detendrá cualquier acción en la que esté involucrado. Explícale que no debe tirar su comida al suelo. Si vuelve a intentarlo, vuelve a pegarle en la mano y dile No. La tercera es la vencida. Ahora sabe que “No” dicho en un tono autoritario es algo serio. No volverá a intentar ese truco, al menos en ese momento.

Entiende bien que si ya ha tirado la comida al piso es demasiado tarde para pegarle. No hará la asociación intelectual y cualquier golpe sería un “castigo” por faltas pasadas lo cual es totalmente contraproducente en un niño pequeño. Si no lo pescaste mientras intentaba tirarlo, entonces debes poner el plato y la comida frente a él de nuevo y estar listo para actuar cuando trate nuevamente. Esto es entrenamiento con el objetivo de disciplinar. De hecho, el niño se beneficiará emocionalmente con este proceso, ya que está obligado a actuar de manera que le hará sentirse más querido y que hará que encuentre amplia aprobación de todos los que están a su alrededor. Un niño con hábitos inaceptables se convierte en un niño rechazado, luego en un niño desmoralizado y finalmente en un niño que se auto-desprecia y siente que nunca puede complacer a nadie y que a nadie le gusta. Lamento que los psicólogos y los defensores seculares de los niños no entiendan esto, pero si todos los padres practicaran el entrenamiento infantil como lo he sugerido, no habría necesidad de psicólogos anormales o agencias de protección infantil. Mucha gente procedería a trabajos más prácticos y no habría más crimen ni guerras.

Sí, les pegamos a nuestros pequeños, pero solo como definimos el pegarles, no como se lo imaginan los demás. Obedecemos a Dios al aplicar la vara del entrenamiento, no porque seamos incautos, ciegos y tontos religiosos, sino porque la Palabra de Dios nos ha hecho sabios por encima de nuestros compañeros seculares. Sabemos lo que es bueno para nuestros hijos. Lo sabemos por experiencia, la nuestra y la experiencia de nuestros antepasados ​​que actuaron con sabiduría aplicando la vara de la corrección en nuestro trasero. Algunos de nosotros no nos acordamos de ninguna de las “golpizas crueles” tan mencionadas que se atribuyen a nuestros antepasados ​​”que imponían tan fuerte disciplina”. Nos acordamos de padres amorosos que cuidaron nuestras almas. Aplicaron la vara con firmeza y dignidad. Para nosotros, ellos representaban la ley de Dios y simbolizaban todo lo que era bueno e íntegro. Nos llamaron la atención y nos castigaron cuando sentían que necesitábamos un pequeño recordatorio para caminar por el sendero de la ley en lugar de por nuestras pasiones. Hoy les agradecemos al igual que nuestros hijos ahora nos lo agradecen. Dado que nuestro Padre Celestial nos disciplina (Hebreos 12), ¿podríamos hacer otra cosa que emular sus métodos de entrenamiento infantil?