Tengo una pregunta ¿Cómo tratar a un niño enojado? Cuando   le preparo un desayuno que no le gusta y no se sale con la suya, actúa enojado y me culpa. A menudo me dice que las nalgadas solo lo enojan más. ¿Qué estoy haciendo mal?

CH

Hay una sola razón por la que expresa enojo cuando no se sale con la suya; porque ha tenido éxito, al menos ocasionalmente. Te está manipulando. El hecho de que continúe haciéndolo me dice que ha funcionado ocasionalmente. Te rindes. Lo has entrenado con éxito para responder como lo hace. Te sientes culpable e inadecuada y él lo sabe. Él sabe que estás tratando de sacarle el enojo, así que te asegura que tus acciones solo empeoran la situación. Tú le crees y él vuelve a ganar. Chico listo. El gran problema es que es un pececito en una pecera muy pequeña. Está aprendiendo a responder a la vida de una manera que no le trabajará en el futuro. Controla a su madre débil, pero el mundo no está formado por madres débiles. Hay algunas personas allá afuera a las que no les importa nada y que también pueden enojarse y actuar de manera bastante irracional. Los policías están entrenados para lidiar con muchachos enojados, incluyendo los que pesan 250 libras. Frecuentemente voy a una prisión donde hay más de 1200 hombres. Muchos de ellos eran como tu hijo cuando tenían su edad. Nadie los podía controlar, es decir, hasta que conocieron a un compañero de celda indiferente y a un guardia de seguridad que no les importaba nada y estaba rodeado por varias cercas de alambre de púas. Si no le gusta la comida, no tiene que comerla. Nadie se sentirá culpable cuando tenga hambre. Si se enoja y lo encierran en la celda de castigo, a nadie impresiona si dice: “Eso solo me enoja más”. Sus palabras ni siquiera interrumpirán la plática que están teniendo los guardias de seguridad mientras le acompañan a la celda vestido con una linda chaqueta blanca y los brazos atados a la espalda. Un minuto después ni recordarán sus palabras. Es curioso, pero 1200 hombres pasan toda la semana sin pelear. Si alguien se enoja con la persona equivocada en una prisión, puede morir con un cepillo de dientes afilado en la garganta. Los muchachos enojados nunca dicen: “No hagas eso, solo me enoja más”. ¿A quién le importa? Cuando nadie está escuchando y cuando nada impresiona a nadie, las amenazas son inútiles. No estoy insensible a tu dilema. Pero el gran problema está en tu propia mente. No eres libre de ser enérgica y firme. Tu hijo necesita toparse contra una valla de autoridad máxima, firme, e inmóvil. Como madre eres una boba y una presa fácil. Necesitas una mente nueva. Ahora que he arado tu terreno en barbecho, plantaré las semillas de entendimiento. Intentemos entender este coraje. El disgusto cuando uno no se sale con la suya es tan natural como la humanidad. Si una persona no se sintiera decepcionada porque sus impulsos quedaron insatisfechos, esa persona no tendría preferencia y por lo tanto, carecería de personalidad. La ira también es un rasgo natural de todas las almas vivientes, no necesariamente solo del hombre en condición caída. Dios se enoja cuando es apropiado. Hablando de Jesús, la Escritura dice: ” Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones…” (Marcos 3:5) La ira justa es la ira dirigida contra la injusticia y el egoísmo. Estar justamente enojado con alguien es imputar culpa al culpable. Es despreciarlos por no actuar como debieran. La justa ira busca la bondad. Es el guardián del amor. Es una elección moral expresada en las emociones. La ira justa está de acuerdo con los dictados innatos del derecho común. Es ocupar tu lugar en el jurado para condenar y luego recomendar la sentencia a los culpables. Pero la ira por no salirse con la suya es algo completamente distinto. La ira egoísta es manipuladora e irrazonable. Asume que el bien supremo es la gratificación de uno mismo. Juzga todos los eventos de acuerdo a cómo lo gratifican personalmente. Para enojarse así con los demás, el individuo debe asumir que los demás existen para satisfacer sus impulsos. Para él, lo que está bien y lo que está mal es así: todos hacen el bien cumpliendo mi voluntad y todos hacen el mal al privarme de lo que yo quiero. Su ira es juicio que cae sobre el “pecador” por interponerse en el camino de su indulgencia. La persona egoístamente enojada es juez y jurado en un tribunal donde el único imperio de la ley es la satisfacción de una persona: ella misma. Todos deberían estar subordinados al gran yo, o todos deberían ser condenados. Una persona egoístamente enojada vive en el centro de un pequeño mundo con todos los demás girando a su alrededor para su gratificación. Es el administrador de las situaciones según sus caprichos. Las necesidades de los demás o la justicia de una situación son irrelevantes. Madre, estoy tratando de hacerte enojar, no de lastimarte ni de hacerte sentir culpable y ciertamente no estoy tratando de acobardarte. El diablo se está escapando con tu hijo. Puedes detenerlo. Puedes romper el hechizo. Para que esta perversión enfurecida sobreviva debe ser alimentada.  Libérate de la culpa sin sentido y mantente firme y constante en no ceder a las exigencias de tu hijo. Cuando veas en tu hijo esa fea cabeza de egocentrismo, córtala como lo harías con una víbora venenosa en la cuna de tu bebé. Ceder a sus demandas, aunque sea una vez, es como una madre que le da drogas o alcohol a su hijo adicto. Las adicciones no se rompen poco a poco. Se deben matar de hambre. Destrónalo de su reino egoísta y de fantasía. Échalo del trono y nunca mires atrás.

Ahora que he enfatizado la seriedad de esto ofreceré algunos consejos prácticos. Haz que tu hijo sepa que no tiene nada que decir ni autoridad sobre los alimentos que se le ponen enfrente de él. Esto se logra al nunca permitirle que vete tus decisiones una vez que las has tomado. Si quieres ofrecerle una opción antes de preparar la comida, eso es amable de tu parte y es perfectamente adecuado, pero nunca permitas que él te dirija con ira o mal genio. No debes enfadarte. No esperes comprensión o aceptación en tu papel de cabeza del departamento de nutrición. Muestra indiferencia con dignidad. No te rebajes a debates y peleas. Como un sargento del ejército, expresa tu voluntad y no aceptes nada menos que eso. Si no le gusta lo que hay en la mesa y se porta grosero, despídelo de la mesa y no lo dejes comer hasta la próxima comida. No le des bocadillos entre comidas y permite que tenga mucha hambre. Verás que comerá hasta espinacas y le encantarán. Si crees que es apropiado darle unas nalgadas, asegúrate de que no sean nalgadas simbólicas. Las nalgadas ligeras dadas con coraje sin dignidad de sala del tribunal harán que los niños se enojen porque sienten que han sido intimidados por un antagonista. Unas buenas nalgadas dejan a los niños sin aliento para quejarse. Si te dice que las nalgadas lo enojan más, nalguéalo de nuevo. Si todavía está enojado, necesita desesperadamente una autoridad inquebrantable, una fría roca de justicia. Ten en cuenta que si estás enojada, estás perdiendo el tiempo tratando de eliminar su enojo. Yo podría romper su ira en dos días. Estaría demasiado asustado para enojarse. Al tercer día se refugiaría en un caparazón silencioso y obedecería. Al cuarto día lo trataría con respeto y él respondería de la misma manera. Al quinto día el miedo desaparecería y se relajaría porque habría juzgado que mientras responda correctamente no hay nada que temer. Al sexto día se querría más a sí mismo y disfrutaría de su nueva relación con la autoridad. En el séptimo día compartía con él alguna actividad que él disfrutara. En el octavo día me amaría y se comprometería a complacerme siempre porque valora mi aprobación y la comunión conmigo. Al noveno día alguien comentaría que tengo al niño más alegre y obediente que jamás hayan visto. En el décimo día seríamos los mejores amigos.