Yo era una recién casada malcriada. Como nueva creyente, amaba la PALABRA de Dios, la oración y todo lo que tuviera que ver con Dios, excepto honrar a mi esposo. En mi defensa, puedo decir que nunca me enseñaron a respetar a mi esposo como la autoridad de Dios sobre mí. Esta parte de la caminata cristiana llegó muy lentamente, con muchas lágrimas y luchas y sí, también con reprimendas.

Una de esas ocasiones en que amerité una reprimenda me impactó el corazón. Estaba tratando desesperadamente de hacer que mi esposo me comprara una Biblia de estudio con espacio para notas, expresiones y comentarios en general, pero él sintió que no era necesario. Yo le rogué. Defendí mi caso e intenté condenarlo en todos los sentidos por su egoísmo por no conseguirme lo que yo NECESITABA.

Hice de esto el objeto de disputa entre nosotros. Sentí que mi celo, hambre y deseo de explorar las palabras de Dios justificaban mis exigencias. Estudié la Palabra de Dios, pero de alguna manera se me escapó la parte de que las esposas deben obedecer a sus esposos en todo (incluso en la actitud). No importa cuánto mi esposo gritó y exigió mi sumisión, yo me callé exteriormente, pero por dentro ardía de indignación ante su injusticia. Él compraba cosas de valor mucho menos importantes cuando las quería: armas, más armas, equipo de pesca, etc.

Furiosa en lo más profundo de mi ser, yo seguí pidiendo mi Biblia de estudio y él me la siguió negando. Usé la Biblia como una razón justa para ser terca. Fue muy complicado. Hasta el día de hoy todavía me siento estafada porque tuve que pasar tantos años sin mi propia Biblia, pero ahora veo algo más en acción detrás de mi “guerra santa”.

Algo más sinuoso, más sutil y más manipulador. No fue hasta que este duelo de ingenio alcanzó su punto máximo en una guerra intensa con gritos y pucheros y varias escenas realmente vergonzosas que finalmente vi un pequeño destello de mis defectos. Una escena sucedió en el centro comercial. Encontré una Biblia a mitad de precio y cuando él todavía se negó obstinadamente a comprarla, exploté feamente. Algunos de nuestros amigos estaban en la línea directa del asalto y recibieron una dosis poco halagadora de mi mala educación. Estaban tan alarmados que se lo dijeron al pastor (que también era mi buen amigo) y la próxima vez que me vio me dijo que había oído que había actuado como una niña y que por lo tanto, se me debería tratar como una niña malcriada. Cuando me regañó, traté de santificar mi caso con una explicación sagrada, pero no quiso escuchar mis razones. Me obligó a detenerme y mirarme a mí misma. Hasta el día de hoy todavía lo odio por eso… bueno, como que lo odio. ¿Quién quiere verse a sí mismo honestamente? ¡Por Dios! No pude vivir bien conmigo misma hasta que me arrepentí de esto, pero nunca se le dije a mi pastor. ¿Estás bromeando? Hay algunas cosas que una dama se guarda para sí misma. Pero las cosas dan vueltas y vueltas.

Ahora 20 años después, la cosecha de mi celo equivocado y fuera de lugar ha dado su fruto en mis propias hijas. Ahora lo veo…pero ¿qué hago para detener este patrón repetitivo? ¿Cómo puedo deshacerlo? ¿Cómo puedo arrepentirme del pecado generacional? Ahora mis propias hijas adorables usan las mismas tácticas feas y sé lo que les espera a sus matrimonios. ¿Cómo puedo entrenarlas para que se superen y puedan evitarse muchos años de discordia?

Es sutil, pero lo veo cuando las llamo a levantarse por la mañana, pero espiritualizan su falta de respeto y se esconden detrás de su lectura de la Biblia, ignorando mi llamado. Les advierto, pero ahogan mi voz con memorización de las Escrituras. Piadosamente me piden que ore con ellas para conocer la voluntad de Dios, pero ignoran mi voluntad para ellas. Todas estas virtudes “piadosas” son tan engañosas.

La virtud de Dios es lo que quiero de mis hijas: leer la Palabra de Dios, amarla como yo, memorizar versos, orar; pero quiero obediencia. Sé que si no me respetan, no respetarán a Dios cuando la obediencia signifique hacer algo que no las haga sentir bien. Sé que no respetarán a sus maridos. Puedo ver la escritura en la pared, la escritura que yo escribí.

De alguna manera mi boca está totalmente cerrada. Mis manos están atadas. He tratado de explicar lo inexplicable, e incluso cuando creo que les he mostrado claramente en la Biblia, alzan la voz más que yo y hacen lo que consideran correcto. Sé que estoy cosechando todos esos años de tratar a mi esposo con desdén por no comprarme la Biblia que yo quería. Estoy cosechando una cosecha de… ni siquiera sé cómo llamarla.

Sé que lo que quiero de mis hijas es obediencia. Odio sentir que me traten como “simplemente no lo entiendo” en las cosas espirituales. Sé que lo que Dios quiere de sus hijos es obediencia a Él. Me llevó años ver que sentimentalidad, amabilidad, piedad, devoción, sentimientos de entrega y sacrificio y todo lo que conllevan son cosas sin sentido sin simple obediencia. Encontré este versículo que lo dice todo: “Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”. (1 Samuel 15:22).

Ahora puedo ver claramente por qué Dios reaccionó a Saúl cuando Dios le dio instrucciones específicas a seguir en una batalla con los amonitas. Dios le dijo que destruyera implacablemente todo y a todos. Saúl tuvo sentimientos delicados y nobles, por lo tanto dudó en hacer algo tan brutal. Saúl era frugal y no veía la necesidad de destruir rebaños, especialmente porque se podían ofrecer como sacrificios. Saúl actuó de una manera más bondadosa, más espiritual, más compasiva que Dios. La respuesta de Dios al intento de Saúl de superarlo se encuentra en 1 Samuel 15:23: “Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey.”

Dios llamó a los actos compasivos de Saúl “rebelión” y la rebelión es como el pecado de la brujería. Hemos entrado en un nuevo ámbito y es totalmente DIABÓLICO.

La obediencia es mejor que el sacrificio. Creo que he aprendido esta lección demasiado tarde para pasarla a mis hijas.